

Había un viajero que al llegar a San Agustín de Páriak, acompañado de su perrito, se radicó en una casita ubicada en la salida del pueblo. Decía a los Agustinos que era carpintero y les pedía alimentos tanto para él como para su perrito.
Los Agustinos comenzaron a ofrecerle alimentos al forastero pero no le querían dar comida a su perrito. Pasaron los días y comenzaron a tratar tan mal al forastero que llegó el momento en que casi todos los Agustinos se negaron a seguir proporcionándole alimentos. Una madrugada el viajero, como no lo habían tratado bien en San Agustín, se había ido a Huamantanga junto con su perrito y no se supo más de él.
Mucho tiempo después se supo que algo casi parecido había ocurrido en el pueblo de Huamantanga. En ese lugar trabajó también de carpintero y hacía diferentes trabajos. Al comienzo cumplía y poco a poco no fue cumpliendo en los trabajos, hasta desaparecer. En vista de esto, los vecinos de Huamantanga forzaron la puerta de su taller y le encontraron crucificado. De ahí lo llevaron a la iglesia de Huamantanga.
Como había épocas en que le crecían las uñas de los pies del
Señor de Huamantanga, de la Curia de Lima mandaron una Comisión para traerlo a
Lima. Bajaron al Señor de la cruz y lo colocaron en un cajón especial para
transportarlo a lima. Sin embargo, tanto pesaba el cajón que por más esfuerzos
que hicieron, nunca pudieron trasladarlo a Lima. Lo cual fue interpretado por
todos como que el Señor no quería moverse de Huamantanga.
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